14.08.2013

Asentamiento Rodrigo Bueno: Tan cerca, tan lejos

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Los vecinos de Puerto Madero sabemos que existe, que está ahí atrás en la Costanera Sur, que crece a nuestras espaldas. Está presente en nuestras conversaciones, en nuestras inquietudes y temores. Ahí señalamos, con certeza acusadora, cuando nos enteramos de algún robo en las calles de nuestro barrio, cuando proliferan los cartoneros y los trapitos. También está en nuestros prejuicios, porque en verdad no interactuamos con ellos, desconocemos cuántos son, cómo viven, qué necesidades tienen.  No nos miramos de frente.

Me incluyo, escribo en primera persona, porque hace casi 10 años que vivo en Puerto Madero, soy periodista, edito un medio barrial, y sin embargo tampoco me había acercado nunca al asentamiento Rodrigo Bueno. Lo miraba de reojo cuando paseo por la Reserva Ecológica, o desde las alturas en alguna torre de nuestro barrio. Tan cerca, tan lejos.

Todo cambió para mí cuando asistí a la última reunión de vecinos con el Jefe de Gabinete Horacio Rodríguez Larreta. También concurrió Favio Alvarado, un habitante de primera hora del asentamiento, hace casi 20 años que vive ahí. Esperó al final para hablar, se presentó entre tímido y decidido, y nos describió los cambios, peligros y riesgos que están sucediendo en el asentamiento. Violencia que, seamos concientes, también nos afecta a todos nosotros.

Favio fue aplaudido y yo regresé a mi casa con la convicción de que, como comunidad, no podíamos dejarlo solo en su pedido de ayuda.

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Hagamos cálculos: Hace casi 20 años, cuando Favio se asentó junto con otros compatriotas peruanos en terrenos descampados de la Costanera Sur, Puerto Madero era apenas un proyecto de reurbanización, del que probablemente ninguno de nosotros tenía demasiada idea, mucho menos imaginábamos vivir acá. Tampoco la Reserva Ecológica gozaba del reconocimiento actual.

10 años después, promediando el año 2000, tras la muerte de Rodrigo Bueno, los pobladores del asentamiento decidieron bautizarlo con el nombre del cuartetero cordobés. Para ese entonces, en Madero Este recién se había inaugurado Terrazas del Puerto, el primer edificio residencial del barrio.

Según me cuenta Favio al inicio de nuestra recorrida, el último censo arrojó que viven allí 1795 personas, pero en la actualidad ya suman alrededor de 4000 (unas 1000 familias, compuestas por un promedio de dos hijos cada una). La mitad provienen de Perú, un 30% de Paraguay, 10% de Bolivia y otro 10% son argentinos. Sin embargo, sus hijos ya nacieron en nuestro país.

El asentamiento tiene una superficie aproximada de cuatro manzanas de largo y una de ancho. Ciertamente no se levanta en un predio fácil de edificar, recordemos que es un terreno de relleno, ganado al río a fuerza de escombros. “Es muy inestable, las columnas de hormigón que sirven de base a la construcción se extienden más de tres metros. Es difícil, lleva mucho trabajo, pero la mayoría de los habitantes de acá son albañiles”, nos explica Favio. A diferencia de otras villas de la ciudad, no se ven muchas construcciones en altura, aunque algunas ya tienen 3 o 4 pisos.  

Tras años de reclamos, en 2007 consiguieron hacerse escuchar y obtuvieron un transformador eléctrico para dotar de agua y energía al lugar. Sin embargo, ya es claramente insuficiente, y siguen sin tener infraestructura básica sanitaria: utilizan pozos ciegos que son desagotados a través de camiones cisternas. Cuentan con cinco contenedores de basura, que son recolectados diariamente por CLIBA.

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Con Favio tuvimos una cálida charla introductoria, en el patio principal, ubicado a metros del ingreso, sobre Av. España al 1800. Una cancha de fútbol hecha a pulmón preside el lugar.

Era un día soleado, los chicos ya volvían de la escuela. En general van a establecimientos de San Telmo, en el colectivo 4 que pasa por Costanera Sur. Favio hace especial hincapié en socializar e integrarlos a través de actividades deportivas. 

No le gusta definirse como un “puntero”, ya que su misión no se mezcla con la política ni tiene relación con ningún partido. Prefiere posicionarse como un “referente” y de hecho lo es. La villa tiene su propia organización: cada dos años eligen 2 referentes y 4 delegados “por manzana”. Rápidamente, en el tiempo en que estuvimos conversando al aire libre, me di cuenta que es querido y respetado en el lugar: se acercan, lo escuchan, le confían a sus hijos. A todos los vio crecer.

Ya de pie, recorrimos el asentamiento por dentro, sus calles angostas, serpenteantes, atiborradas de construcciones improvisadas. Visitamos un kiosco, una peluquería, dos almacenes, un restaurante con comida criolla y peruana. 

A medio camino, surge otro espacio abierto, que nuevamente oficia de punto de encuentro, de cancha de futbol, de patio de juegos. Es el atardecer, hay chicos que corren, que practican con una pelota maltrecha, que interactúan con perros, entre salvajes y domesticados. Hay muchos perros, que se reproducen sin control.

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Lo que más me sorprende del asentamiento, debo decirlo, es su aislamiento. No suelen ir demasiado a los parques de nuestro barrio, tampoco a la Reserva Ecológica. Tal vez el vínculo más cercano con su entorno sea la Parroquia Nuestra Señora de la Esperanza, en donde se bautizan y toman la comunión. El Padre Alejandro los visita seguido y promueve acciones solidarias. 

Pero hay algo más que me llamó la atención: a diferencia de otras villas de la ciudad, en Rodrigo Bueno no hay ninguna presencia institucional del Gobierno de la Ciudad. No tienen comedores comunitarios, sala de primeros auxilios, ni guarderías, ningún tipo de apoyo escolar. 

Sí se percibe la acción de algunas ONGs y desde hace tres meses que hizo pie “La Cámpora”, concentrándose en un principio en facilitar trámites y documentación. Ya instalaron una base en el ingreso del asentamiento, en pleno año electoral.

Consultado sobre la relación con Puerto Madero, Favio nos cuenta que nunca encontraron un interlocutor a quien dirigirse, ni una mano dispuesta a colaborar. “Pese a la cercanía, no conseguimos trabajo en sus bares ni en las obras en construcción. Esto cambió hace poco, cuando desde Madero Harbour se acercaron para conocernos y brindarnos oportunidades. Pese a mi desconfianza inicial, producto de tantos años de indiferencia, por fin apareció alguien que nos tiene en cuenta”, señala con palabras de reconocimiento.

En efecto, días después le preguntamos a Alejandro Ginevra, desarrollador del emprendimiento, quien nos confirmó la versión de Favio: están contratando hombres y mujeres provenientes de Rodrigo Bueno para trabajos de construcción y mantenimiento. “Ante la falta de respuestas y certezas  por parte del Gobierno de la Ciudad sobre qué planea hacer con el asentamiento, decidimos acercarnos para ver la manera de colaborar. Y coincidimos entre todos que lo mejor es ofreciendo un trabajo digno. Nosotros precisamos mano de obra y para ellos implica una mejora sustancial: van y vienen caminando, vuelven a sus casas a almorzar. Somos vecinos, acá adentro no hay diferencias: interactuamos, armamos nuestros partidos de futbol, trabajamos a la par. También ayudamos con materiales, nos interiorizamos si necesitan algo tras grandes tormentas.  Yo creo que los empresarios tenemos un compromiso con nuestra comunidad”, afirma Ginevra.

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Miro alrededor y noto que el asentamiento no tiene mucho margen para seguir creciendo. Según nos cuenta Favio, cada tanto llega alguna familia nueva que pretende afincarse. “Nosotros no le cerramos la puerta a nadie, pero las condiciones de vida acá son muy duras. Construir es extremadamente complicado y quienes se asientan en la periferia deben seguir batallando con el río. Se quedan los que resisten, muchos se terminan yendo a alguna provincia”.

Favio descarta especulaciones inmobiliarias. Al lado de Rodrigo Bueno, separado por un puente desvencijado, se encuentra un terreno descampado que vale millones: se trata de la ex Ciudad Deportiva de Boca Jrs, ahora propiedad de la desarrolladora IRSA, que proyecta levantar ahí un nuevo barrio denominado “Solares de Santa María”. Uno no toma conciencia sobre la cercanía de ambos predios hasta que no está ahí. Sinceramente se hace difícil imaginar que puedan convivir. Desde el asentamiento piden que se cumpla un fallo de la jueza Elena Liberatori, que ordena su urbanización y que fue apelado por el Gobierno de la Ciudad. “Creemos que la urbanización es la mejor solución, pero en caso que pretendan trasladarnos reclamamos ‘techo por techo’, no queremos subsidios que ya demostraron no funcionar”, advierte Favio. 

Si bien el emprendimiento inmobiliario  de IRSA se encuentra por ahora suspendido debido a la falta de consenso en la Legislatura porteña, da la sensación que el debate de los últimos años despertó la participación y el sentido de pertenencia de los habitantes del asentamiento, ante un proyecto que perciben intimidante.

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Ya al final de la recorrida, nos sentamos nuevamente al aire libre. Mientras contemplamos los chicos jugar, se hizo ineludible tratar el tema que Favio planteó en el encuentro de vecinos de Puerto Madero con Rodríguez Larreta: la llegada de las drogas, la violencia y la delincuencia a la Rodrigo Bueno.

Según nos cuenta, hasta hace no mucho, el asentamiento era un lugar extremadamente humilde, con necesidades mínimas insatisfechas, pero íntegro, unido, solidario, multicultural. La situación empezó a cambiar unos tres años atrás, cuando se acercó un “grupo de peruanos y colombianos”, según sus palabras, “con la supuesta intención de colaborar”. Primero se sumaron a los torneos de fútbol y actividades deportivas. Sin embargo, no pasó demasiado tiempo hasta que demostraron sus verdaderas intenciones: cooptar adolescentes menores de edad para introducirlos en la delincuencia. Favio los define, sin vueltas ni eufemismos, como “narcotraficantes”. 

En Rodrigo Bueno los chicos suelen cumplir con sus estudios primarios, pero ya en la secundaria empieza a golpear la deserción escolar, muchas veces resultado de padres ausentes, sumidos en una vida plagada de miserias y frustraciones. Como sabemos, la situación se vuelve caldo de cultivo para quienes quieren sacar provecho de las tentaciones (y la bronca) que genera una sociedad de consumo que excluye y les veda el acceso.

Estos últimos años, Favio se lamentó al contemplar cómo chicos que él vio crecer fueron volcándose a la delincuencia, se perdieron sin que pudiera evitarlo. “Los conquistan a través de fiestas, donde abundan mujeres, drogas y alcohol. Les dan motos y armas, les enseñan a tirar, a vender y robar”. 

Favio asegura que no les tiene miedo. Está dispuesto a dar la cara, a enfrentarlos públicamente: “Esto ya no es lo que era, a la noche se vuelve un lugar peligroso y violento, todos se encierran en sus casas. Autos lujosos estacionan a la entrada para comprar drogas, se escuchan motos que van y vienen, disparos. Ya tenemos muertes por sobredosis o por enfrentamientos en ajustes de cuentas” detalla, angustiado y envalentonado a la vez. 

“He denunciado personalmente esta situación muchas veces en la Policía. Pero esto es un negocio, las complicidades se compran”, acusa. “Por eso decidí ir a la reunión con Rodríguez Larreta, para que las autoridades y vecinos de Puerto Madero sepan lo que está sucediendo acá adentro”, concluye.

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Dos horas después de haber entrado, me retiro de Rodrigo Bueno con la sensibilidad a flor de piel. Favio me acompaña unas cuadras, hasta la fuente Las Nereidas. Camino unos pasos más y ya me encuentro nuevamente “en casa”: los parques, los boulevares, las calles anchas, las construcciones más modernas de la ciudad. ¿Cómo no sentirse disociada ante existencias tan cercanas pero contrastantes?

Durante los días siguientes, me pregunté la manera de transmitir todo esto que vi, que viví. ¿Qué podemos hacer para que esos chicos que volvían del colegio, que jugaban con inocencia entre ellos, no terminen como sus hermanos mayores? Somos ciudadanos, privilegiados es cierto, pero no mucho más que eso.

Dejo abierto el debate, la reflexión, ése es el objetivo de esta nota.
Nosotros, como vecinos, podemos darle la espalda, pero la realidad suele golpear de frente.


Vanesa Leibas
Directora – NuevoMadero.com

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